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La NO corrupción en Euskadi. Lo más cercano al Edén.

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Atonita de Gouges. Cuenta el Antiguo Testamento, que Dios creó un maravilloso lugar lleno de gozo y alegría llamado el Edén…, del que por culpa de una mujer curiosa y desobediente fuimos todos expulsados y condenados al ostracismo de lo mundano, y a ser carne de todos los sufrimientos humanos y terrenales. No obstante, debió quedar un pequeño reducto cerca de los pirineos en el que se perpetúo este paraje celestial. Un paraíso sin Adán y Eva, pero con Iñigo y Bakartxo.

Se preguntarán a qué viene que ande ahora recordando un episodio, que ya de sobra todas recordamos (entre otras cosas porque las mujeres fuimos condenadas a parir en sangre y dolor por aquella insensatez de Eva sublevada).

Vean, todo esto dimana de que hace hoy una semana, me encontraba yo sentada en un escaño del Parlamento Vasco, junto a un gran grupo de tiuristas y estudiantes nacionales y latinoamericanos, a los que todos los años recibe generosamente esta institución y su presidenta.

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Es de honestidad contar, que la alta representante de la Cámara, Bakartxo Tejeria, hace siempre gala en estas recepciones de la mayor amabilidad y simpatía  con todos los estudiantes, entregándose a responder todas las preguntas y curiosidades que le plantean las visitantes extranjeras.  A veces, preguntas directamente relacionadas con su cargo, y otras veces, preguntas de política española y vasca tan generales que la interpelada contesta como bien sabe y puede.  Contrariamente, la semana pasada, la Presidenta no pudo mantener su tono afable ante una intervención que esta misma narradora le planteó.  El asunto venía antecedido por una pregunta que un compañero dominicano le había realizado sobre el estado de la corrupción en el País Vasco, a la que Bakartxo Tejeria respondió sin dubitación con la mismísima negación de su existencia. No existe señoras, pues, corrupción en Euskadi, al parecer de la jeltzale.

La epidemia que se ha extendido a través de reinos y siglos, y que en pleno s.XXI podemos saber comprobada en la mayoría de los Estados ricos y pobres,  y que además, es endémica en nuestro querido Estado, parece no haber conseguido traspasar las fronteras del territorio vasco.  Somos, por lo visto, inmunes a este lacra.  De la misma insigne manera que el pueblo vasco ha logrado mantener viva la lengua más antigua de Europa, hemos conseguido permanecer incólumes a cualquier forma de corrupción.

Mi réplica ante la asombrosa negación, fue recordarle a la Presidente la existencia de casos de corrupción en su propio partido, el PNV, y citar a Iker Armentia y su teoría del “Oasis Vasco”. Ante ello, Bakartxo Tejeria respondió que “era muy fácil denunciar, pero habría que ver como terminan los casos en los Juzgados”, que “quienes habían sido condenados ya, era por unas mariscadas o unos puros” o que “el impuesto revolucionario sí que era verdadera corrupción, y de eso no habla Iker Armentia” (sic). La Presidenta no pudo evitar tomárselo como un ataque personal a su partido, ni más lejos mi intención, pues lo que yo quería realmente hacer notar es que como pueblo, conformado por humanos, no somos infalibles a la desviación del poder y sus corruptelas. Más bien valdría defender un sistema implacable contra cualquier atisbo de depravación, que un sistema que no detecta ninguna existencia.

Terminé con la impresión, la verdad,  de que los estudiantes que nos visitaron la semana pasada, más de un centenar, habrán dejado la ciudad con la sensación de que el País Vasco es el rinconcito más cercano al paraíso en el que han podido estar.  Pues a la largo de la duración, se les ha expuesto de una manera agraciada las bondades de nuestro sistema político, sanitario, educativo, social…  Se les ha infundido los valores europeístas más altos, y se les ha llegado a afirmar rotundamente, nada más y nada menos que por el Secretario de Estado de Asuntos Exteriores del Estado, el ilustrísimo Sr. Idelfonso Castro López, que ¡en España -así, en su totalidad – no existe la xenofobia!

Si más bien, en mi humilde parecer, más que transmitirles una imagen fiel de las muchas bondades, que si poseemos, pero también de las carencias y deficiencias que padecemos, la imagen que hemos “dado y difundido” esté ligeramente impregnada por un tufo a chovinismo.  

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